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La virtud de la simplicidad en la novela

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La virtud de la simplicidad en la novela

Hoy hablaremos de la virtud de la simplicidad en la novela.

Uno de los errores habituales en el autor novel es cargar la “dramatis personae” con muchos personajes. Otro error muy clásico es querer contar demasiadas cosas y ramificarse. Otro, extenderse demasiado y uno más, bastante típico, no conseguir que el lector empatice con los personajes, debido que el autor no sabe presentárselos al lector. Esto suele suceder porque, en muchas ocasiones, el autor hace “aterrizar” al lector entre un grupo de personajes que él conoce perfectamente pero el lector no. Los personajes ya han entrado en dinámica mucho antes de que el lector haya llegado, de modo que este siente que está entrando en una reunión en la que todo el mundo se conoce pero él no conoce a nadie y en la que se mantienen conversaciones que le son del todo ajenas. Esto produce aburrimiento y distanciamiento, e incluso apetece marcharse de esa reunión, incluso sin despedirse, a la francesa. Es decir: cerrar el libro y dejarlo en la estantería. O, si se ha estado ojeando, no comprarlo.

Otras veces, el autor tiende a hacer descripciones demasiado largas de los personajes, contando su vida y milagros. Esto tampoco funciona.

Es importante para el autor novato tomar nota de novelas como “El extranjero”, de Albert Camus, “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera, “La Náusea”, de Jean Paul Sartre, “El retrato de Dorian Grey”, de Oscar Wilde, “El Gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald, o “Crónica de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez.

¿Qué tienen en común estas grandes novelas?

Primero observemos la extensión: son novelas de grosor medio, incluso medio-bajo. No se trata precisamente de textos del calibre de “Guerra y paz”, de Lev Tolstoi o de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. Y son, igualmente, obras maestras. La cantidad no garantiza la calidad, lo bueno, si breve, dos veces bueno y lo malo, si breve, la mitad de malo.

El elenco desplegado en estos trabajos que nos están sirviendo de modelo también es muy moderado. Se trata de pocos (incluso muy pocos) y bien perfilados personajes. Y algún que otro personaje de comparsa, de los que en cine se llaman “figurantes”.

Estas novelas también se ciñen al clásico planteamiento, nudo y desenlace, y nunca rompen la unidad de acción. Observemos con detenimiento dos trabajos que parecen ser más heterodoxos a primera vista —y lo son—, pero en los que a pesar de su atípica construcción no se está rompiendo ninguna unidad y —a su modo— se está manteniendo fidelidad a la regla clásica de la narrativa de planteamiento, nudo y desenlace.

Se trata de “La insoportable levedad del ser” y de “Crónica de una muerte anunciada”.

En el primer caso, Kundera hace paréntesis en la narración para desarrollar un ensayo filosófico que, naturalmente, se apoya en la novela propiamente dicha. La narración y el ensayo se van alternando pero en ningún momento se solapan mutuamente. Incluso las partes narrativas y las ensayísticas están separadas y bien diferenciadas en capítulos distintos. La narración consigue un efecto de arroyo que va llegando a remansos y luego continúa en arroyo en lugar de hacerlo en forma torrente (esto es algo en lo que el mismo Kundera hace hincapié en algún momento del texto). En cuanto al ensayo, queda convertido en un ensayo ilustrado por una narración paralela, pero no en un ensayo novelado.

La cuestión es que no hay ramificaciones sino paréntesis y no hay ruptura en la unidad. Kundera en ningún momento se lo pone difícil al lector, algo muy frecuente en autores malos y además pretenciosos, que consideran que el lector tiene que hacer un sesudo esfuerzo adicional a la lectura para “merecerse” el texto.

Respecto a “Crónica de una muerte anunciada”, la construcción de la novela es en una magistral forma de “flashbacks y “flashforwards”, pero eso no significa una ruptura de la unidad. El lector en ningún momento se siente perdido.

El otro punto importante es de qué manera introduce el autor a sus personajes al lector. Todas las obras mencionadas anteriormente lo hacen extraordinariamente bien, con rapidez, con elegancia, con los justas y adecuadas descripciones y consiguiendo una pronta identificación del lector con alguno de los personajes, si no con todos, en alguna medida.

No hay una fórmula sobre cómo lograr esto, así como los otros puntos no son difíciles de imitar. Este último aspecto es una cuestión de talento. No puede enseñarse en ninguna escuela de escritura, aunque sí puede señalarse.

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